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"Frente a la playa"
Paul Mallory
Dr. Paul Mallory Rush, profesor de Historia. (Pablo)


[Fort Lauderdale. Marzo de 1992.]

Cuando el motor de su Ford cayó en el silencio, sus ojos se orientaron hacia el paseo de la playa. Allí entre paseantes y turistas y bajo un cielo azul, pulcro como un diamante, una figura esbelta de cabello rubio permanecía de pie apoyada en la balaustrada de espaldas a la calle mirando al mar.

Paul ya había identificado aquel cuerpo, aquel pelo, aquella espalda. Eran tan claros y diáfanos para él como el mapa de un paraíso en el que ansiaba perderse cada vez que tenía ocasión.

Salió del coche despacio llevando consigo un pequeño paquetito envuelto en papel granate metálizado y con un lazo en un rojo más intenso que lo rodeaba. El paquetito era alargado no demasiado voluminoso lo que facilitó su labor de ocultarlo en el interior de su chaqueta.

Mirando a ambos lados de la calle y ante la ausencia momentánea de vehículos circulantes inició el camino para cruzar teniendo siempre frente a sí aquella figura que le daba la espalda. Era tal y como él lo había deseado. La ocasión propicia para la sorpresa. El momento perfecto.

Paso a paso podía sentir cada vez más cercana su belleza. Su blusa blanca y sus pantalones marrones de pernera ancha bajo los cuales apenas si podía percibirse el tacón de unos zapatos de color blanco a juego con la blusa tímidamente transparente. Y todo ello coronado con una cabellera rubia, media melena, clara como aquel día. Estaba sencillamente hermosa.

Apenas dos pasos la separaban de ella, que no se había percatado en absoluto de su presencia en medio del bullicio de la calle y el sonido del mar como fondo actuando como cómplices en la mascarada. Pudo sentir perfectamente su aroma. Desde aquella tarde en la que Paul le regaló 'vocalise' de Shiseido, una marca de perfumes que siempre le había llamado la atención, Sarah no había dejado de usarlo. Era parte de sus señas de identidad... como si de un tributo hacia su amor se tratara.

Ya estaba justo a su espalda. Por un momento se sintió dueño de su destino casi con una sensación juguetonamente perversa de saber que él sería el que dictara el siguiente paso en la vida de Sarah.

Inclinó su cabeza con cuidado para no rozar ni uno solo de sus cabellos y con sus manos tapó los ojos de su amada. Acercando la boca a su oido le susurró dulcemente.

- Solón de Atenas dijo una vez: Los dioses sólo han hecho dos cosas perfectas, las mujeres y las rosas... - hizo una brevísima pausa y continuó - ...francamente el jardín botánico me quedaba muy lejos-.

Sarah elevó sus manos hasta unirlas a las de Paul y rió de una manera delicada dejando que su cuerpo se apoyara en el de él.

A los dos les gustaba citarse siempre en el paseo marítimo...junto al mar. Sentían que no podía haber lugar mejor que la vera del mar para mirarse a los ojos nuevamente. Era su rincón...cualquiera que estuviera junto al mar. Aquel instante era como casi todos en los que Paul y Sarah se encontraban, todo a su alrededor parecía esfumarse para no existir nada más que uno y otro juntos.

Lentamente Paul bajó sus manos sin separarlas de las de Sarah hasta posarlas suavemente sobre su abdomen abrazándola con cuidado como si tuviera una figura de cristal entre sus manos y temiera romperla. Sus labios buscaron el cuello de ella y tras un leve beso que le hizo sentirse vivo le preguntó.

- ¿Cómo estás mi reina? -

Sarah tenía ahora los ojos cerrados sintiendo el tacto de la boca de Paul como una vibración intensa que recorría su cuerpo. Se mordió el labió inferior sonriendo y le contestó.

- Echándote de menos, mi rey. Hasta el mar se ve apagado si no estás. -

- Es extraño, juraría que ayer por la noche cambié las baterías de este condenado océano - replicó Paul con un tono manifiestamente juguetón.

En ese instante Sarah se volvió y situándose frente a Paul puso sus manos en la espalda de éste. Le sonrió con dulzura y ambos sellaron la bienvenida con un romántico y prolongado beso que para Paul resultó un viaje a su paraíso particular...la boca de Sarah.

Tras el beso, el rostro de Sarah quedó unido sutilmente y por unos instantes al de Paul por un leve roce de sus mejillas. Sin dejar de permanecer abrazados se miraron sonriendo. Y Sarah le dijo con tono de reproche casi infantil.

- Has tardado... -

Por un momento Paul encogió sus labios y miró al suelo para acto seguido volver a los ojos de Sarah.

- Lo siento...soy culpable. Lo he hecho a propósito. Quería encontrarte ansiosa, no lo puedo evitar. Me gusta tenerte así. -

Sarah le miraba fijamente sin poner freno a sus sensaciones al oir la voz de Paul que seguía estremeciéndola y más aún cuando limitaba su tono para ponerse meloso.

- Pues se te da muy bien - le respondió con la complicidad de un tono insinuante.

Un nuevo beso y los ojos cerrados a las sensaciones de aquel contacto sincero crearon un nuevo interludio de eternidad en el que la pasión y el deber de no resistir ante el avance del corazón se convirtieron en los motores de las manos de Paul que estrecharon con más firmeza el cuerpo de Sarah plenamente dispuesta a corresponder.

Durante segundos sin fin no existió en aquel paseo nada más que un beso. Incluso Paul tenía la sensación cuando besaba a Sarah de dejar de ser consciente de su propia existencia para entender sólo la vida en el contacto con aquellos labios refinados y sugerentes y ante cuya insinuación había aprendido a sucumbir sin concesiones.

Tras el beso, pausado, lento, sentido...Paul mesó el cabello de Sarah levemente asomado a su rostro.

- ¿Dónde quieres que vayamos? -

Sarah le miraba como embelesada y las palabras fluían de su interior casí por inercia porque apenas si podía organizar las frases en su mente antes de pronunciarlas.

- A ningún lado. Ya estoy donde quiero estar. Junto a ti. -

Paul se había convertido tras conocer a Sarah en un detallista impenitente entre otras muchas cosas y en aquel día tan especial habría sido un sacrilegio actuar de otra forma. Todo el tiempo del mundo para permanecer abrazados junto a su mar, el presente que seguía agazapado en su chaqueta, y después de llegar a Miami una romántica cena en el lujoso 'Blue Door' situado en la Avenida Collins, en South Beach en medio del art decó con el que se fundirían avanzada la noche bailando sin parar en el Cameo Theatre de la Avenida Washington en la que unos compañeros de universidad amigos de Paul tocaban con su banda y con los que Paul había apalabrado una pieza *especial* dedicada sólo a ellos dos. A Paul le gustaba sorprender de esa manera a Sarah. Siempre los detalles.

La mirada de Paul se había entornado de manera grotesca y su voz sonó cómica intentando emular a un ancianito de avanzada edad.

- Cariño. ¿Cuántos años han pasado ya? -

Sarah se rió. Uno de sus juegos favoritos era imitar a una parejita de ancianos que llevaran toda una vida juntos. Era como si todo el romanticismo previo hubiera tocado a su fin. Nada más lejos de la realidad.

- Ya son tres mi vida - respondió ella cambiando el tono de su voz y aparentando simular achaques de espalda.

Paul sonreía abiertamente ante la singular pose de Sarah y la forma en que ésta le seguía siempre la corriente cuando se trataba de bromear. A los dos les gustaba mucho. Habían descubierto que llevaban dentro dos niños irredentos que conectaban a la perfección.

Paul llevó su mirada hacia el mar y tras un preciso instante en que veía las espumas que las olas depositaban sobre la arena le dijo mientras sacaba el regalo del bolsillo interior de su chaqueta.

- Llevo tres años esperando poder entregarte esto -

En los años que llevaban juntos, siempre que llegaba el día de su aniversario Paul repetía la misma frase antes de entregarle el regalo pero cambiando el numero que acompañaba al año.

Los ojos de Sarah cambiaron entonces su expresión. Como si de una leve decepción se tratara con una simple palabra pareció recriminarle su conducta cariñosamente.

- Paul... -

- Lo sé cielo...pero ya me conoces... - respondió Paul leyendo perfectamente los ojos de Sarah.

Ambos se habían prometido que el mejor regalo para su aniversario sería estar juntos, sin objetos de por medio, pero Paul sencillamente no podía evitarlo...y durante aquellos años posteriores al acuerdo irremisiblemente caía en la tentación de romperlo.

Sarah tomó el paquete en sus manos y lo miró con una sonrisa tímida y ojillos tiernos. Avanzó unos pasos hasta situarse delante de Paul y le espetó.

- Desgraciado...¿qué voy a hacer contigo? -

Paul la agarró despacio por la cintura y la miró con ojos sinceros y bien abiertos. Tenía la respuesta perfecta y mentalmente vaciló unos instantes para repetir la frase en su cabeza hasta encontrar el tono adecuado. Acarició su rostro con su mano derecha y le respondió.

- Permitirme seguir mirando al futuro a través de tus ojos... -

Sarah cerró sus ojos y fue acercando despacio su boca a la de Paul hasta que los dos quedaron nuevamente unidos por un beso igual que dos amantes que quedan sumidos en un sueño del que ninguno quisiera despertar nunca más.


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