Archivo de misiones
"Vacío"
Dra. Dara Santer, asirióloga (Marta)
Dra. Ana Reyes, Egiptologa (Ana)
Media hora, no había conseguido concentrarse más que media hora en los jeroglíficos, Ana todavía seguía con las imágenes del desayuno en la cabeza, cuando había visto en las noticias los testimonios de los supervivientes y escuchado cómo desde los aviones siniestrados los pasajeros habían contactado con sus familias para darles el último adios. Se sentía mal, mal por todo, no eran amigos ni siquiera conocidos, pero se sentía como si lo fueran, como si en un pedacito de su cabeza hubiera surgido una semilla de tristeza que poco a poco germinaba y le afectaba a su estado de ánimo.
Sintió que las paredes se le caían encima. Dejó el libro que tenía sobre las manos encima de la mesa y salió de su despacho, el marine que hacía guardia en el pasillo ni siquiera miró hacia ella, se habría acostumbrado ya a verla salir y entrar.
Oyó ruido en el despacho de al lado, se acerco lentamente, dudando entre llamar o no. Su preocupación por Dara no hacía mas que aumentar su fustración, llamó tímidamente y el ruido del interior cesó. Sin esperar respuesta, como hacía siempre, abrió la puerta lentamente, sólo se oía muy suave la radio y Dara estaba de pie, frente a una pizarra donde aparecían garabateados varios símbolos goa'uld. Tenía la mirada perdida en algún punto indeterminado del espacio que había entre ambas.
....los familiares todavía siguen buscando a sus seres queridos, entre los desaparecidos...... -la radio se oía dentro del profundo silencio que había en la habitación.
Ana no sabía que decir ni que hacer, se sentó de golpe en una silla y frunció el ceño.
....el presidente asegura que se tomarán las medidas oportunas......
Ana pensó que los burocratas siempre tomaban medidas, pero estas serían para quedar bien, para intentar justificar su mala intervención hasta el momento, para tomar venganzas que ya no arreglaban nada.....-Malditos todos.......- Dijo al aire, no sabía si Dara le estaba escuchando.
Dara se giró lentamente, apenas consciente de la presencia de Ana en su despacho.
"Tu conoces a Sally, ¿verdad? Me vino a visitar dos veces mientras estaba en París. No recuerdo si llegastéis a coincidir..."- hablaba con un tono de voz extrañamente calmado. "Es la hermana de Eric, ¿sabes? Ayer hablé con ella. Están bien, aunque claro... ¿te había contado que Eric trabajó durante muchos años en el WTC, en uno de los edificios anexos...?"
Su voz se transformó en un hilo de voz. Sally le había hablado de Ellen Lanford y de Michael Smith-Weston, dos de sus compañeros de instituto. Su madre de lo angustiada que había estado la tía Saundra hasta que su primo James había aparecido, 48 horas después del atentado en un hospital, ni sabían cuál. Su hermana de las horas fatales que se habían sucedido durante su guardia mientras decenas y decenas y personas entraban heridas por las salas del hospital algunas heridas, otras presas de ataques de histeria. Su padre de los familiares.
Y ella, ella todavía no había sido capaz de mirar la lista de desaparecidos en un gesto de auténtica supervivencia, porque creía que no podría soportarlo, encontrar un nombre, o un apellido. Ni quería pensarlo. Su cobardía la había llevado a no querer hablar con Eric, porque si lo hacía no sabía qué podría pasar.
Estaba angustiada por la idea de la pérdida, por estar preocupada de una maldita traducción cuando el mundo se desmoronaba, por no poder gritar al mundo que podían dejar de matarse porque ella sabía que había algo mucho mejor que todo eso, algo que podría cambiarlo todo...
Miró a Ana a los ojos, segura de que ella entendía, y que entendía todo; y notó como el nudo que sentía en la garganta apretaba más fuerte.
"¡Oh! Ana... yo no sé..."- y no pudo más porque los sollozos comenzaron a ahogarla.
Ana se acercó a Dara y la abrazó, intentando paliar su dolor y servirle de consuelo, las lagrimas empezaron a caer tambien por sus mejillas.
"Oro verde"
Capitán Catherine Ford, Antropóloga (Blanca)
El Teniente Dickinson bien podría haber sido el jovencito flacucho, de estatura media y rasgos poco interesantes enmarcados por una mata de cabello color zanahoria y pecas hasta en el ombligo que Catherine había imaginado, de no ser que se trataba de un hombre de casi su edad, bastante más alto que ella, moreno, dueño de un par de interesantísimos ojos pardos y espaldas que parecían querer escapar de la talla de su uniforme. Habiendo saludado ya a un par de superiores más temprano esa mañana, el hombre se limitó a ponerse de pie ante su llegada a la Sala de Control y recibirla con un escueto "Me alegra que pudiera unírsenos, Capitán."
"Me siento encantada por la invitación, Teniente," respondió ella mientras se acercaba a la silla que el Teniente le ofrecía, junto a la suya. Estaba convencida que jamás lo había visto antes, aunque no podía estar completamente segura. La perseguía el recuerdo (o, mejor dicho, la falta de ellos) del final de la fiesta de cumpleaños de la Doctora Reyes, allá lejos y hacía tiempo, cuando su humilde intento de seguirle el ritmo alcohólico a la Capitán Marks la había puesto en una situación ligeramente incómoda.
Con eso en mente, y su mejor cara de póquer, tomó asiento de forma decidida. Quizá, también, resignada. Las pantallas de la Sala estaban cubiertas de imágenes y telemetría de P5S-365, el motivo por el que se encontraba allí. La cámara de la MALP estaba rotando, lentamente, con la clara intención de finalizar los 360 grados. El yermo paisaje no le resultaba particularmente familiar; una extensión monocromática, interrumpida por formaciones naturales de piedra que parecían emerger de la llanura arcillosa.
"En un segundo, Capitán," respondió el Teniente a la pregunta que Catherine no había decidido articular aún. Ella sonrió al reflejo del hombre en la pantalla, aunque él ni siquiera demostró notar el gesto. Finalmente, la cámara llegó a su punto de origen y se detuvo, mostrando el motivo por el que Ford había sido requerida.
"Entiendo que estuvo en una construcción similar hace no demasiado tiempo, ¿verdad?"
La Capitán observó la estructura, pero no contestó inmediatamente. Se trataba, sí, de algo muy similar, pero no exactamente. Sin embargo, el macizo edificio sobre una plataforma piramidal escalonada la obligaba a notar el parecido. Quienquiera que fuera este Dickinson, sabía hacer los deberes. "El Stargate estaba dentro de la construcción, no afuera. Y la pirámide tenía los escalones recortados a tablero, no a talud como en este caso," hizo notar finalmente.
Hizo caso omiso de la forma en la que el Teniente reaccionaba a su observación, llevando los ojos casi hacia atrás de los párpados superiores, como si para él esos detalles no tuvieran la más mínima relevancia. En cambio, Catherine decidió señalar los taludes de la pirámide. "¿Podemos ampliar este punto?"
"Por supuesto," contestó Dickinson secamente, acompañando sus palabras con un par de precisos movimientos de sus manos sobre el teclado del ordenador. La cámara amplió el área en la pantalla, convirtiéndola en una gran superficie pixelada que rápidamente fue ganando definición hasta mostrar detalladamente el área finamente trabajada en bajorrelieves.
"Esto tampoco es igual; los tableros eran lisos." Con la última palabra, Catherine giró la cabeza para observar a Dickinson, que seguramente ya se estaría arrepintiendo de haberla llamado. "Sin embargo, sí," señaló una figura en particular, "he visto este dibujo antes." Rió suavemente, ganándose así una mirada reprobatoria del Teniente. En verdad, no se estaban haciendo amigos.
"En Perú," se explicó, aún riendo. "Es una hoja de coca."
Hizo una pausa hasta lograr adoptar una expresión apenas seria. "¿A qué hora vamos a enviar una UAV?"
"Desde mi ventana..."
Capitán Catherine Ford, Antropóloga (Blanca)
La puerta de la oficina se encontraba abierta, algo a lo que Catherine no era particularmente afecta. Esa oficina en particular se encontraba al lado del acceso menos solicitado a la sala de control del Stargate, lo que convertía al pasillo exterior, posiblemente, en el segundo más transitado de la base. Sin embargo, hacía días que reinaba la tranquilidad.
La base aún se hallaba en estado de alerta después de lo que había ocurrido en Nueva York y Washington, D.C. Los medios aún no habían encontrado otro tema de que hablar. La retaliación era inminente; aunque sabía que ni ella ni ninguno de sus compañeros sería parte de ella. Los escombros de uno de los íconos del mundo occidental continuaban apilados donde habían caído, a pesar de que los esfuerzos de limpiar el área habían comenzado junto con la infructuosa búsqueda de sobrevivientes.
Dieciocho pisos bajo la tierra, la ventana al mundo de Catherine Ford estaba compuesta por la pantalla del televisor, y aquella puerta que, abierta, daba a un pasillo por donde ya no caminaba casi nadie. Ni siquiera había visto pasar a los equipos que habían regresado de otros planetas para encontrarse con la noticia. Tampoco había visto salir a ningún otro, pero ello se debía, simplemente, a que las operaciones habían sido suspendidas hasta nueva orden.
Excepto por el envío de alguna sonda, bendecida por su condición de artefacto inanimado, a algún planeta inconsecuente, nada sucedía que pudiera cambiar el tópico de conversación instalado. Parecía que no quedaba qué hacer, salvo esperar, rezar e intentar que el tiempo no se perdiera en incontables consideraciones que, a pesar de todo, se habían probado inevitables.
Arrastrado lánguidamente por el aire acondicionado, Ford escuchó el sonido de activación del Stargate. Apenas si podía oír voces provenientes de la Sala de Control, lo que significaba que no sólo se trataba de una activación programada, sino que se trataba de una conexión que se estaba estableciendo desde allí mismo. La brevísima pausa en su trabajo llegó a su fin al llegar a esa conclusión, y volvió a sumergirse en él. Filtró los sonidos del ambiente exterior en su cabeza, reemplazándolos con el ruido blanco que emitía el televisor en un nivel de volumen tan bajo como había elegido esa mañana.
Sin embargo, su concentración se vio interrumpida por un par de golpes secos sobre su puerta abierta. Catherine alzó la mirada para encontrarse con la figura del Sargento Mayor Grafton, prudentemente a un suspiro de distancia del umbral.
"¿Puedo ayudarlo, Sargento?"
El hombre asintió con la cabeza antes de responder. "Sí, Capitán. Se envió una sonda a P5S-365, y el Teniente Dickinson opinó que su presencia podría ser de gran utilidad, señora."
Catherine se mordió sabiamente un ¿Se supone que conozca a este tal Dickinson? antes de guardar el trabajo y apagar la computadora para levantarse de su asiento y seguir al Sargento Mayor hacia la Sala de Control. No sentía ansiedad, pero la actitud de Grafton no le daba pie para ello. Sí, notó con extrañeza, sentía curiosidad y hasta una pizca de emoción ante la oportunidad de abrir una ventana, hacia un planeta ubicado sólo Dios sabía dónde, que le brindara una vista distinta.
Quizá, poco a poco, todo volvería a la normalidad. Aunque nunca fuera como antes.
"Otro día más"
Irina Maine, Camarera, PNJ-Hugo
Otro día más en la vida corriente de una simple camarera, Irina se encontraba en la barra, aburrida, mirando al infinito, en el bar tan sólo había un cliente, el viejo Mike venía todos los días a emborracharse, por suerte no era muy escandaloso, bebía, se emborrachaba y se marchaba, nada más, Irina todavía no comprendía como el bar podía seguir funcionando. Su tio Karl estaba jubilado y mantenía el bar más por hobby que por sacar dinero, esto le servía a Irina para tener un trabajo, un trabajo monotono y aburrido, muchas veces soñaba con aventuras, con viajar por el mundo y visitar lugares desconocidos, pero la realidad es que continuaría en el bar hasta que muriera su tio, entonces se marcharía a trabajar a otro bar idéntico, quien sabe, seguramente incluso el viejo Mike se trasladaría con ella al nuevo bar.
Un hombre entró en el local, venía leyendo el periódico con cara de preocupación.
"Por favor, un zumo de melocotón y una madalena del día. Gracias."
El hombre no había levantado la vista del periódico, iba vestido muy elegantemente, demasiado para aquel sitio, Irina le miraba mientras le servía, qué haría allí. Le sirvió y espero. Este bajo el periódico y lo dejó en un lado, la miró y le sonrió.
"Muchas gracias." le dijo.
"No se merecen, es mi trabajo." respondió Irina.
El hombre miró a ambos lados del local viendo que estaba vació excepto por el viejo, Irina se ruborizó un poco al imaginarse en que estaría pensando el hombre.
"Bonito local, acogedor."
No era la respuesta que esperaba Irina, le pilló totalmente por sorpresa. "Eh... muchas gracias. Ojala hubiera más gente que pensase como usted."
"Yo creo que con que pusieran un cartel más llamativo, entraría más gente. A la gente le gusta los lugares acogedores e intimos donde poder desayunar tranquilos, y no esos sitios llenos de humo, gente y gritos, no hay quien se pueda comer una madalena a gusto en esas condiciones."
Irina le sonrió. "Claro." Le hecho un vistazo al periódico, no se le ocurría ningún tema de conversación, vió que en la portada había una foto de las Torres Gemelas. "Es algo horrible lo que ha ocurrido en Nueva York."
El hombre miró el periódico y luego la miró. "Ciertamente, es una tragedia, han muerto muchas personas inocentes por alguna causa estúpida. La gente no aprenderá nunca que de esta manera no se solucionan las cosas. La violencia sólo engendra violencia."
"Debío ser terrible estar allí, yo no conozco a nadie de Nueva York ¿y usted?"
"Tengo dos amigos que estaban trabajando ese día en las torres" el hombre puso un semblante un tanto sombrio. "Sé seguro que uno está en casa a salvo, pero del otro no se sabe nada, esta entre los desaparecidos, hay esperanzas que se encuentre entre los heridos y haya sobrevivido."
"Vaya, lo siento mucho."
El hombre había terminado su desayuno, así que Irina le retiró el vaso y el plato y comenzó a fregarlos con la esperanza de que no se marchara en seguida, al girarse hacia él, este se encontraba con una baraja de cartas, mezclándolas una y otra vez.
"¿Qué hace?" preguntó.
"Escoja una carta." le respondió el hombre mientras extendía la baraja por la barra.
Irina cogió una de las cartas y se la apretó contra el pecho.
"Digame una cosa, sabe de algún hotel por aquí cerca." preguntó el hombre mientras Irina sostenía la carta.
"Sí, si sigue esta misma calle recto encontrará uno en esta misma acera." por la cabeza de la muchacha se le pasó pedirle que se quedará en su casa, evidentemente, no le dijo nada.
"Gracias. Me devuelve mi corazón."
"¿Cómo?" Irina parecía turbada, qué había querido decir con eso.
"La carta. El as de corazones." el hombre señaló la carta con el dedo, Irina la miró y efectivamente se trataba de dicha carta, el hombre la recogió y la guardó con el resto mientras se dirigía a la puerta.
"¿Cómo lo ha hecho?"
"Magia."
Irina miró como se marchaba, le había dejado una muy buena propina. Su tío siempre decía que los clientes eran como cacahuetes y ellos como elefantes, los cacahutes venían y ellos los pelaban, una vez vistos por dentro se los comían, a veces habían cacahuetes buenos y otros amargos, desde luego aquel cacahuete era de los buenos, y definitivamente, su tio era muy malo haciendo metaforas.
"Caos"
Coronel Jeanne Riker, Estado Mayor (Marta)
La mañana había empezado demasiado pronto. De hecho, no recordaba que la jornada del día anterior hubiera terminado. La ausencia del General había duplicado su trabajo, y Riker dudaba que pudiera regresar a casa en las próximas horas. Las complicaciones se habían ido acumulando y todo el mundo se volvía hacia ella buscando una solución.
Unos golpes en la puerta del despacho le hicieron levantar la cabeza del aburrido informe acerca del los últimos fenómenos meteorológicos en LC-441. Tras un seco adelante asomó el Sargento Mayor Grafton.
"¿Qué sucede ahora?". La Coronel lo dijo en un tono más abrupto del que pretendía. Con la noche que llevaba sólo le faltaba que todas las ratas del laboratorio se hubiesen escapado propagando alguna clase de extraña enfermedad por toda la base. "¿Y bien?" añadió ante el silencio de su subordinado.
"Señora, creo... creo que sería mejor que conectara la televisión." Grafton la miró con urgencia, y algo dentro de Riker se tensó como hacía tiempo que no sucedía. Estaba identificando el miedo en la voz del sargento.
Con calma, se giró hacia el mueble situado en una esquina de su depacho. Abrió la puerta para encender el aparato de televisión. Riker raramente lo usaba, ni siquiera cuando sus maratonianas jornadas las obligaban a permanecer en la base durante varios días.
En cuanto la pantalla se aclaró y se hubo alejado unos pasos, distinguió perfecamente el paisaje urbano que tenía delante. Eran una imagen aérea de Manhattan. El centro de la imagen lo ocupaba las torres gemelas del World Trade Center. Era una imagen familiar. En todo, excepto en la columna de fuego que se percibía en un lateral de uno de los edificios.
La Coronel apenas escuchaba los comentarios; sabía perfectamente que las conjeturas de los comentaristas de que había sido un accidente de una avioneta comercial no podían ser realidad. Una avioneta no podía generar esa explosión. Era algo mucho peor.
"Grafton, localice al General. Estaré en su despacho."- ordenó escuetamente, tras apagar el aparato de televisión y cerrar la puerta del mueble.
Riker salió de su depacho, sin comprobar si Grafton cumplia sus órdenes, para dirigirse hacia la sala de control del Stargate. Algunos de los que allí estaban no parecían ser conscientes de los hechos que se estaban desarrollando a miles de kilómetros, en su país. La Coronel subió después las escaleras hasta el despacho del General. Las llamadas que debía realizar prefería hacerlas desde allí.
Una vez en el despacho, se acercó al teléfono que le comunicaría directamente con el Pentágono. Necesitaba información. No, necesitaba confimación. La tuvo pasada más de una hora. La torre sur había sido sufrido otro ataque colisión y se había plomado. Lo mismo había sucedido con el Pentágono, que estaba siendo desalojado.
La base estaba en alerta máxima. Las comunicaciones restringidas. El espacio aéreo cerrado. Riker se sentía impotente en aquel bunker a varios kilómetros bajo tierra, pero no había nada más que pudiera hacer.
"Noticias inesperadas"
Dra. Madeleine Monteloup Parker, Botánica (Yolanda)
Maddie acaba de llegar a casa, después de haber pasado un día de playa en soledad. Disfrutando del sol y de la buena lectura. Se duchó, dejando que el agua recorriera su cuerpo. Se puso una camisola bastante amplia de lino blanco. Se hizo un sándwich rápido y se asomó a la terraza de su casa. Desde allí se podía disfrutar de una noche estrellada y cálida. Había que reconocer que el clima de Guam la encantaba. La cálida brisa le traía buenos recuerdos. Se encontraba contemplando el hermosos cielo estrellado cuando la sobresaltó el teléfono. Rápidamente fue a descolgarlo.
"Dígame"
< Hola Maddie>
"¿Paul?"
Madeleine se quedó paralizada ante la voz que sonaba al otro lado del teléfono.
< ¿Estas ahí? >
Madeleine se recompuso lo mejor que pudo.
"Si, estoy aquí, ¿qué quieres Paul? "
< Es difícil lo que tengo que decirte. Mi hija se muere y necesita un tratamiento médico bastante caro. Yo dejé el trabajo en el laboratorio para ser profesor de ciencias en un colegio, y mi sueldo de profesor no me permite pagar ese tratamiento. Te quería pedir, si me pudieras dejar el dinero que necesito. Ya sé que moralmente no tengo derecho, pero estamos desesperados.>
Madeleine escuchó atentamente. De repente el hombre al que había querido tanto y le había roto el corazón, se cruzaba de nuevo en su vida para pedirle ayuda. Durante unos segundos no contestó, pero finalmente sopeso la situación y le respondió secamente:
" Si no te preocupes, llamaré a mi hermano Josselin por la mañana y haré que te ingresen el dinero que me diste por nuestra separación. Te daré el millón de dólares. Creo que será más que suficiente, si necesitas algo más házmelo saber a través de Josselin. ". Esperó unos instantes antes de continuar. "Y tenme al tanto de lo que ocurra. Dile a Lorraine que tiene todo mi apoyo".
Al otro lado del teléfono Paul lloraba.
< Maddie, muchas gracias, no sabes lo que acabas de hacer por mi. No sé como podré agradecértelo. Gracias, muchas gracias. >
Maddie no quería oírle llorar y colgó el teléfono.
Salió a la terraza, cayó de rodillas en el suelo y tapándose la cara con las manos comenzó a llorar sin parar. En esos momentos deseaba no estar tan sola. Corriendo fue a encender la radio, la tele, la cadena, lo encendió todo, no quería para nada oír el fuerte silencio reinante. Y siguió llorando desconsoladamente.
De repente entre todo el ruido que acontecía oyó una noticia que hizo que reaccionara. Una avioneta se acababa de estrellar contra una de las torres gemelas. Maddie apagó la radio y la cadena y se centró en la televisión. Las imágenes no eran equivocadas.
"No puede ser", exclamó en voz alta.
De repente el presentador anunció un segundo accidente, no era una avioneta, era un avión de pasajeros, un segundo avión de pasajeros.
"Cielo santo". Madeleine se sentó delante de la televisión sin poder entender lo que pasaba. En breve el presentador aseguró que habían estrellado a propósito dos aviones de pasajeros, y que se debía a un ataque terrorista. De igual modo el pentágono también había sido atacado.
"Dios mío". Madeleine contemplaba como los edificios ardían; de repente y al cabo de un rato una de las torres se vino a bajo. Más tarde caería la segunda. Las imágenes de terror se alternaban en la tele con las imágenes de los presentadores intentando comentar las noticias que llegaban. Por fin se confirmaba al mundo, había sido una ataque de terrorismo islámico.
"Vale más una imagen...."
Capitán Catherine Ford, Antropóloga (Blanca)
Dra. Dara Santer, asirióloga (Marta)
Dra. Ana Reyes, Egiptologa (Ana)
Dara y Ana entraron en la cafetería a toda prisa, Ana levanto los ojos hacia el televisor mientras caminaba, Dara iba detras de ella, en la televisión había un reportero con una de las torres detras suyo, parecía un escenario de guerra.
Caminaba mirando al televisor cuando tropezó con algo, se oyó un estrépito, bajo los ojos para ver lo que tenía delante y vió un montón de papeles en el suelo y a la capitan Ford intentando atraparlos.
"Disculpa, Catherine" Ana se apresuró a agacharse a recoger los papeles, intentando seguir viendo con el rabillo del ojo el televisor "¿que ha pasado?, nos acabamos de enterar..."
Catherine no alzó la mirada, tratando de ordenarse a sí misma antes de encontrarse con Ana. Ni siquiera la había visto acercarse, ocupada como estaba en tratar de salir del lugar antes de seguir viendo. Había observado el segundo avión estrellarse contra la torre sur con sus propios ojos, mientras el desconcertado cronista intentaba mantener la compostura. No toleraba las imágenes repetidas de pequeños puntos que caían al vacío. Puntos que no eran más que personas que habían sucumbido a la desesperación. Carraspeó antes de contestarle a Ana, dándose por vencida de lograr levantar sus papeles de forma ordenada, esperando que su voz no pareciera el croar de una rana.
"Dos aviones de pasajeros, Ana, uno contra cada torre. Parece que otro contra el Pentágono, también... creo que con pasajeros y todo." Parpadeó antes de mirarla, aunque tenía los ojos secos, y se dio cuenta que Dara estaba allí con ellas. Ni siquiera podía llorar de la ira que sentía en ese momento, y bajó la voz. "Son unos hijos de puta..." cerró allí la oración, sin terminar de decir quién. Pero estaba segura que eso se sabía. Esas cosas, siempre, se sabían.
Sin decir más, la Capitán se volvió hacia la asirióloga. "Dara, ¿sabes algo de tu familia? Prácticamente nadie ha podido llamar a ningún lado."
Dara había mantenido la mirada fija en la pantalla. Escuchar, saber, hacerse a la idea era una cosa. Verlo era terrible. Haciendo un esfuerzo volvió el rostro a Catherine.
"He podido hablar con mi madre. Están bien."- su voz sonó con más alta y aguda de lo que pretendía.
Fijó su mirada nuevamente en la pantalla. Toda la gente que había allí. No quería dar la oportunidad a su cabeza de pensar en cuántas personas que conocía podían estar allí adentro. Cuántas veces había estado ella allí dentro. Cuántas veces había esperado a que Eric saliera de trabajar. Tantas veces.
"Creo que necesito sentarme." - Lo dijo y se acercó a la primera mesa que había libre, sin fijarse demasiado en si Ana y Catherine la seguían. También necesitaba una bofetada o un trago de algo lo suficientemente fuerte como para hacerla reaccionar, pero se abstuvo de hacer comentario alguno.
Catherine observó a Dara hasta que se sentó, y luego desvió la mirada prudentemente. Si tuviera familia en Nueva York, tampoco querría que me estuvieran observando... Sin embargo, no sabía muy bien qué mirar. Si no hubiera chocado contra Ana, seguramente estaría parada en medio del pasillo, preguntándose qué hacer, a dónde ir. ¿Habría algún lugar donde esa locura pudiera pasar a segundo plano? Si regresara a su oficina, ¿podría abstenerse de prender el televisor? ¿Se quedaría allí, sola, o regresaría en busca de compañía?
La Capitán tragó saliva y se alegró de no haber dejado el lugar. El murmullo ambiental, respetuosamente no muy alto, le permitía comprender algunos significados. Las suposiciones viajaban de un extremo al otro de la sala. Que quién había sido, que cómo, que si Clancy no lo había escrito ya... Los rumores de un cuarto avión, desaparecido, daban a los presentes aún más tela para cortar.
"Creo que yo también quiero sentarme," explicó Catherine, más para sí misma que para Ana, mientras ocupaba una silla en la misma mesa que había elegido Dara. Ciertamente, resultaba estratégicamente cómodo que fuera la más cercana.
Ana se sento con ellas, se miraba las manos y miraba a Dara de vez en cuando, se sentía fustrada y cohibida ante la espantosa situación.
De pronto se hizo un silencio en la cafetería, y todas las miradas fijas en el televisor. Con un fuerte estrépito y envuelta en una inmensa nube de humo y polvo, la torre sur se desplomó. El desarrollo de los acontecimientos era espeluznante. Ana sintió un estremecimiento. Catherine tenía la piel de gallina, incapaz de mirar hacia otro lugar e incapaz de terminar de creer lo que estaba viendo.
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